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sábado, 6 de marzo de 2010

Patria Querida II: Dame un presidente como Pepe Mujica

Vuelve Segundo Campos, ahora mirando al Este en lugar de al Norte y reflexionando sobre los caminos que se abren: el consenso o la colisión. De un profundo, pero reflexivo, pesimismo.

Algunos extractos (pero hay que leerla entera para hacerle justicia... o ajusticiarla, lo que se quiera).
...

Bloqueada, por razones tanto económicas como políticas, la posibilidad de incrementar adicionalmente la presión tributaria y cerrado el acceso al financiamiento voluntario por propia decisión, restaban al fisco dos últimos mecanismos para postergar el ajuste del gasto: la emisión monetaria y la confiscación lisa y llana de recursos...

... la hoja de balance del Banco Central como expediente sistemático para relajar la restricción presupuestaria y continuar adelante con una política fiscal crecientemente insostenible. ¡¡¡Y pensar que ayer mismo otro discurso inaugural, el del Pepe Mujica, reconocía con amplia sabiduría que, muchas veces, “la macroeconomía tiene reglas ingratas, pero obligatorias”."...

... Decía allí Camou que “dos tipos de juego político asoman [ahora] como posibles, uno más cooperativo, otro de hostilidad creciente y oscuro desenlace”. El primero de ellos rescataba los intereses convergentes entre gobierno y oposición, en tanto los primeros parecían interesados en preservar el poder y los últimos en hacerse cargo del mismo en condiciones de mínima gobernabilidad. ...

... El camino alternativo, el del juego no cooperativo, tenía un final anunciado, el de una colisión en donde los costos mayores siempre los pagan los sectores más vulnerables de la sociedad. ... El juego idiota que eligió ... el matrimonio K tiene, al menos, la virtud de despejar toda incógnita: vamos con rumbo de colisión.

... En efecto, a diferencia de tantas ocasiones críticas previas, las dificultades actuales tienen mucho menos que ver ahora con una cuestión de viabilidad externa y mucho más con uno de naturaleza distributiva interna...

... Las grandes disrupciones macroeconómicas de las últimas tres décadas estuvieron, por el contrario, precedidas por configuraciones bien diferentes a la actual. En la década del ochenta, por caso, el estallido hiperinflacionario fue la consecuencia de la acumulación masiva de desequilibrios resultantes en última instancia del problema de la doble “transferencia”: la conjunción de desequilibrios estructurales en el sector externo y en el financiamiento fiscal causados por una pesada carga de la deuda. En la década siguiente esos problemas estuvieron lejos de desaparecer; pero tendieron a verse camuflados con el acceso al financiamiento voluntario en los mercados de crédito internacionales. La economía seguía exhibiendo una carga de la deuda no sostenible y generaba al mismo tiempo déficits sistemáticos en las finanzas públicas y en la cuenta corriente de la balanza de pagos. Pero el ingreso neto de capitales significaba una transferencia positiva de recursos del exterior a la economía doméstica que ayudaba a postergar el reconocimiento de los problemas de solvencia. Como se recordará, dicho reconocimiento ocurrió bajo la forma de unas dramáticas crisis “trillizas” (fiscal, bancaria y de balanza de pagos) que condujeron al colapso del régimen de políticas vigente en ese período.

El cuadro cambió por completo con el inicio de la presente década: con el default de la deuda pública y su posterior reestructuración la carga del endeudamiento tendió a reducirse sustancialmente; las benignas condiciones internacionales terminaron de eliminar el problema de la transferencia externa como acuciante asunto macroeconómico....

... Un quinquenio después el problema con el que vuelve a toparse la economía local es el del creciente desfinanciamiento del fisco, pero esta vez no como resultado una carga de la deuda insostenible sino como consecuencia del sesgo muy pro-cíclico de las políticas implementadas en la administración de la bonanza. ...

... pero aunque imperdonable, es perfectamente factible asistir a una dinámica macroeconómica no sostenible apoyados en el conflicto distributivo y en el financiamiento monetario de las cuentas fiscales. Lógicamente, la ausencia de apalancamiento y el bajísimo grado de intermediación financiera indican que hay relativamente poco potencial de riqueza por destruir en caso de colapso. Por otro lado, la existencia (¿??) de un importante stock de reservas internacionales y la perspectiva de un superávit continuado de la cuenta corriente señalan que habría poco espacio para una dinámica descontrolada del tipo de cambio. Todo ello debería, en principio, acotar la magnitud disruptiva y las repercusiones potenciales de un eventual episodio crítico.

Pero estas consideraciones, antes que una consolación, deberían ser motivo de profunda reflexión y angustia ciudadana. Probablemente nunca hubo en la historia macroeconómica argentina una crisis menos “necesaria” (si es que alguna lo es) en el sentido de fundarse puramente en factores de naturaleza subjetiva. En principio, no hay en la naturaleza ni en la magnitud de las distorsiones acumuladas nada que indique que los desbalances sólo puedan corregirse por medio de una crisis ineluctable. Sin embargo, el horizonte estrecho con el que parece estar funcionando el sistema político y el bajo grado de tolerancia social parecen dejar poco espacio para el optimismo.

Lo que coloca la cuestión, una vez más, en el territorio de la “economía política”. Las turbulencias que nos amenazan no son esta vez de raíz macroeconómica, aunque se presenten bajo este ropaje. Lo que está en crisis es un sistema de representación política y su reflejo en un modo desquiciado de gestionar las políticas públicas y resolver las disputas y conflictos que naturalmente se presentan en toda sociedad. El episodio que nos ocupa es el reflejo del “hondo bajo fondo” al que hemos descendido como colectivo social – y, salvo honrosas excepciones en la dirigencia, la alarmante falta de indignación cívica frente al atropello institucional perpetrado ayer es sólo un indicio más de ese declive. El contraste con el discurso que hemos escuchado ayer del otro lado del charco es, por decirlo suavemente, humillante (especialmente aquello de “Hace rato que todos aprendimos que las batallas por el todo o nada, son el mejor camino para que nada cambie y para que todo se estanque” o ese “Queremos una vida política orientada a la concertación y a la suma, porque de verdad queremos transformar la realidad”).

Decía Camou que una de las incógnitas de la situación es quién será el actor político capaz de pescar sus ganancias en medio de este río revuelto. Ciertamente, lo ignoro. Del examen de la historia sólo recuerdo, no obstante, que, salvo escasas excepciones, en las crisis de gran envergadura y en las debacles morales los liderazgos emergentes no han sido, precisamente, auspiciosos.

sábado, 9 de enero de 2010

"Patria Querida: dame un presidente como Alan García"

Segundo Campos ataca de nuevo. El sainete BCRA, avisa e interpreta, busca convertir al BCRA en un nuevo INDEC. Cito, pero léase completo:
"Tal vez, si se lo piensa bien, haya en un cierto sentido una suerte de “astucia de la razón” subyacente en todo este triste episodio. Porque lo que pareciera venir a consagrar es la coherencia, en el plano de la política monetaria, con la completa ausencia de rumbo del conjunto de la estrategia (¿?) macroeconómica. Al menos desde inicios de 2006 la política económica se ha caracterizado por la destrucción de las pocas instituciones y “reglas del juego” sobrevivientes y las que trabajosamente habían comenzado a reconstruirse, bajo formas novedosas, en la etapa de transición que siguió al colapso del esquema de Convertibilidad; a tal punto que puede hablarse, ahora sí, de un “no régimen macroeconómico”. En estos pocos años, desde que la gestión económica es “manejada directamente por sus dueños”, se abandonó el compromiso con la disciplina fiscal, se destruyó el sistema estadístico nacional, se eliminó toda unidad cuenta para los contratos de largo plazo, se pulverizó el ya escuálido mercado de capitales y la política de precios e ingresos se transformó en una maraña de oscuros subsidios discrecionales. Sólo faltaba sumar a este esquema de ausencia completa de reglas económicas modernas a la política monetaria, que todavía –merced mucho más a la disposición de un importante stock de reservas internacionales que al diseño de una política monetaria consistente- operaba como el último ancla nominal remanente en el sistema. Puede decirse, entonces, que la tarea comienza a consumarse. Lógicamente, para que esté del todo completa es preciso transformar al Banco Central –una de las pocas organizaciones del Estado que respeta todavía cierta meritocracia y atesora una razonable expertise profesional- en un nuevo INDEC. Ese, y no otro, es el sentido último de los acontecimientos de esta semana."

sábado, 19 de diciembre de 2009

La desagradable aritmética K

Cuando SC escribe, lo leo. Y recomiendo que hagan lo mismo.

En su último artículo, La desagradable aritmética K, SC narra la historia de como, poco a poco, el gobierno de los Kirchner se financió - y financia - cada vez más de stocks.ano

Esta política de manotear los stocks digo yo, no es muy diferente en el mediano-largo plazo a la emisión monetaria lisa y llana, y la "venta de las joyas de la abuela" (símil las privatizaciones).

En fin, tiene una longitud mayor al post más extenso, está escrito en los códigos de la tribu econ, pero imagino que los miembros de la BEA lo leerán con placer y espíritu crítico.